Colombia salvaje: La Guajira

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María Varela, 31 marzo 2010

Desolada, color naranja, con escasos caminos, desiertos de sal, lagunas azules habitadas por flamencos, enmarañados bosques de cactus y una costa paradisíaca, La Guajira es de esos pocos rincones de nuestro planeta que se mantienen en estado salvaje. La gran península, que ocupa la región más septentrional de Colombia y de Sudamérica, está habitada por la etnia wayúu. Estos nativos -jamás conquistados o dominados-, mantienen sus tradiciones milenarias y su lengua, y viven de la pesca y el pastoreo en humildes caseríos sin agua potable ni electricidad. Para acceder a algunos de los rincones más espectaculares de La Guajira hay que ir hasta Riohacha, capital de la región. Desde allí, a través de rústicas pistas, se llega a Cabo de la Vela y a la mítica Punta Gallinas. En cualquiera de estos dos sitios duermes en hamacas frente al mar, desayunas con barracuda recién capturada, cenas langosta al ajillo y te bañas con agua dulce a baldazos. Todo allí es muy rústico, elemental, como si vivieras con un poquito más que nada.

Como todos los paraísos perdidos, La Guajira demanda tiempo; si no viajas en 4×4, deberás viajar en camión, chalupa y motocicleta. Pero vale la pena: La Guajira se mete bajo la piel y se torna para siempre inolvidable.

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