Remota Ladakh
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Ubicada en el extremo norte de la India, cercada por el Himalaya y atravesada por el mítico río Indo, la desolada región de Ladakh, aislada por la nieve durante 6 meses al año, es un paraíso para aventureros de corazón. Desde que uno llega a Leh, su pueblo más importante, se pregunta si no está en un sitio imaginario. Todo parece un cuento: las azuladas alturas, los hermosos rostros como lunas llenas de los ladakhis, la forma primitiva de vida, la deliciosa aunque extraña comida.
Ladakh es sinónimo de budismo. Todo está impregnado de esa filosofía que llegó desde el cercano Tibet hace muchos siglos. En las laderas grisáceas sobre el Indo se ven sugestivas stupas, edificaciones encaladas que simbolizan la espiritualidad de Buda, y como las cuentas de un rosario, los pocos pueblecitos rodean siempre a un monasterio budista, o gompa.
Thiksey, Spituk, Likir, Lamayuru… las gompas, decoradas con interminables ristras de banderitas de colores que constantemente sacude el viento, cuelgan de las montañas yermas como si fueran verdaderos milagros. Mundos encantados donde a cada paso uno puede agitar campanitas de bronce y hacer girar hileras de ’sonajeros’ gigantes, las gompas son un homenaje al color, a la luz y al silencio. Rojos, amarillos, azules y naranjas estridentes, salas en penumbras con ricas telas colgando del techo, muros decorados con representaciones de Buda, figuras zoomorfas, dragones, y la maravillosa rueda de la vida y la muerte. En ese ámbito celestial, los monjes, envueltos en sus túnicas moradas, meditan y cantan.
Como todos los mundos mágicos y lejanos, Ladakh es una tierra difícil de acceder y muy ardua de recorrer. Sin embargo te quita el aliento, te hipnotiza, y acaba metiéndose para siempre bajo la piel.
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