Arawi
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La mujer habla en quechua, sólo sabe algunas palabras en español. Le digo: yo María. ¿Usted? Arawi, contesta.
Arawi vive en Malata, un caserío de adobe perdido en una ladera sobre el espectacular río Colca, en Arequipa, Perú. Para llegar hasta allí hay que caminar varias horas a lo largo del río o bajar el empinado Cañón del Colca desde el último pueblo del valle. El pueblo es color barro seco, tiene un solo callejón y una iglesia cerrada a cal y canto. Es que de Malata se han ido casi todos. Los techos de las casas deshabitadas se han hundido y enormes cactus crecen entre sus muros. Un pueblo fantasma, pensé al llegar. Ni perros, ni gallinas, ni cabras: sólo ánimas. Pero en un rincón descubrí a Arawi sentada al sol.
Me siento a su lado, huelo el aroma a tierra que desprende su vestido multicolor, típico de la región. Arawi no sabe su edad, aunque me hace un gesto como diciendo un montón. Diez hijo tuvo, algunos se le murieron, los otros andan desparramados por el mundo.
-¿Y vive aquí, tan solita?
Arawi fue una vez hasta Arequipa, a la casa de una hija. Pero no le gustó: en la ciudad hay ruidos. Volvió pronto a Malata. Aquí sólo se escucha al viento y al rio.






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