Siete colores

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María Varela, 13 octubre 2009

purmamarca

En el noroeste argentino cuentan que antes de inventar los colores Tata Dios los probó en los cerros de Purmamarca. Tanto le gustaron que allí quedaron, para que alegraran la vista de los collas, habitantes de esta tierra. Purmamarca es uno de los pueblos de la Quebrada de Humahuaca, un tajo impresionante que ha sido paso natural hacia o desde Bolivia y el Perú desde la época de los Incas.

Entre montañas de colores inauditos, los pueblos de la Quebrada conservan un ritmo de vida de otro tiempo. Hablan lento los quebradeños, son grandes cuentacuentos, cantan al son de guitarras, bombos y sikuris, aman las fiestas y las procesiones, toman buen vino, comen riquísimas empanadas, humitas y tamales. Si uno viene de la ciudad de San Salvador de Jujuy, la Quebrada se va estrechando poco a poco. En Tumbaya ya se ven los filos de las montañas; en Purmamarca uno se enamora. Perdidamente y para siempre. Su iglesia blanca, sus casonas de adobe y cardón, sus artesanías, sus cerros de siete colores. Más allá está Tilcara, donde se halla el Pucará, un espectacular vestigio de los aborígenes que habitaron esta zona. El paisaje de la Quebrada, árido y a la vez dulce, lleno de sol y de aromas puros, resulta sensacional para cualquier nivel de trekking. Espectaculares rutas comienzan en Iruya, puerta de los Valles del Silencio. Para llegar a este pueblecito salteño perdido entre montañas rojizas, tienes que coger un bus en Humahuaca. El camino asciende hasta los 4000 metros y es increíble: de ripio y empinado, a veces transita por el cauce de un río.

Iruya es apenas un racimo de casas apretadas contra una iglesia blanca rodeado por un paisaje mágico. Tú elijes: puedes emprender trekkings de un día a Casa del Cóndor o a San Isidro, o internarte en las montañas durante 4 días hasta el pueblo de Nazareno o Rodeo Colorado.

Lo que vivirás en la Quebrada será inolvidable.

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