Mágica Estambul
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Huelo el aroma que emanan los cafés, espío las eternas partidas masculinas de tavla, me dejo llevar por la pendiente de la elegante Istiklal Caddesi. En mi camino se cruzan musulmanes ortodoxos, preciosas mujeres vestidas a la europea, gente venida del lejano este. Si tuviera que definir a Estambul con un solo adjetivo elegiría multicultural. A la altura de la Torre Gálata atisbo el mítico Cuerno de Oro. El puente que atraviesa este brazo de mar –también llamado Gálata- es uno de los lugares más sugestivos de esta ciudad. Las vistas son impresionantes, pasan barcos de todos los tamaños, cientos de pescadores prueban suerte desde lo más alto del puente.
El barrio del Bazar bulle al otro lado del Cuerno de Oro. Atravieso el fabuloso mercado de las especias y llego al Grand Bazaar. No sé qué me gusta más de este laberinto: sus techos abovedados pintados con increíbles arabescos, sus preciosas alfombras y antigüedades, o la parsimonia con que los hombres fuman perfumados narguiles.
Las antiguas mansiones de madera otomanas medio desmoronadas, el eco de las gaviotas en los callejones empedrados, las mesitas para cenar ubicadas desde las 5 de la tarde en las aceras, el olor de la carne asada de los kebabs, la sirena de un carguero que navega por el Mármara hacia el Estrecho del Bósforo… En el barrio de Sultanahmet Estambul hunde sus orígenes más remotos. Torres, minaretes y cúpulas adornan su cielo desteñido. Visitar estos monumentos es una experiencia inolvidable, aunque nada supera a contemplarlos desde las azoteas de las casas o de los hotelitos de Sultanahmet. En estas maravillosas terrazas se come, se descansa, y se disfruta de la fascinante ceremonia del atardecer sobre la divina Aya Sofia y la impresionante Mezquita Azul.






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