Bleu

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María Varela, 20 octubre 2009

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A 115 km de Tánger, perdido en las montañas del Rif, hay un pueblo donde caminas sobre color azul. Al principio no te lo crees, te dices que el azul rebasó el zócalo por error y que pronto se acabará. Pero como una ola, el azul continúa. De tanto mirar este prodigio no te das cuenta de que el azul no sólo está en el suelo, sino que trepa por escaleras y muros e invade callejones. Así es Chefchaouen, Xaouen o Chaouen: un pueblo marroquí completamente azul.

Las variaciones del azul logran maravillas, hacia donde mires verás una foto. Mujeres rifeñas con estridentes faldas rayadas contra el azul añil, gatos negros contra el celeste, carros cargados de frutas contra el azul violáceo, alfombras rojas contra el turquesa, hombres con blancas chilabas contra el cobalto. El sol le da a todo un extraño tono pastel; la lluvia corre por las escaleras formando cascadas iridiscentes y los charcos parecen diminutos pozones de mar.

¿Cómo es que existe una ciudad azul? En 1494 Chaouen creció gracias al asentamiento de exiliados judíos y musulmanes llegados del reino de Granada. Junto a su tristeza inmensa traían tradiciones y costumbres. Por eso Chaouen creció muy parecido a un pueblo andaluz: Casas con muros gruesos, pequeños balcones de forja, patios con limoneros. Escondida en el Rif, Chaouen permaneció aislada durante siglos. En 1920 fue ocupada por los españoles, quienes, sorprendidos, se encontraron con un pueblo donde los judíos todavía hablaban una variante del castellano medieval. En 1930 llegaron a Chaouen más refugiados judíos. Con ellos se renovaron costumbres, entre ellas la de pintar sus casas de azul, color simbólico judío. Supongo que al comienzo lo habrán hecho tímidamente, luego habrán avanzado por el pueblo sin que nadie los pudiera parar.

En Chaouen todo es azul, y es perfecto. Es como si en vez de por un pueblo, fluyeras por el fondo del mar.

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