Isla de Skye: el trekking más salvaje
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Muy lejos, nueve horas de bus desde Edimburgo dirección noroeste, se halla la mítica Isla de Skye. Fíjate en el mapa: cuando viajas hasta allí tienes la sensación de que un poco más y plantas bandera en Islandia.
Lagos, castillos fantasmagóricos, y encantados pueblecitos de piedra y pizarra me distrajeron hasta Kyle of Lochalsh. Hasta hacen 13 años desde allí se cruzaba a la mítica Skye en un ferry; hoy la isla está conectada con el mundo por un gran puente. Sin embargo el aislamiento de tantos siglos ha marcado para siempre a Skye y a su gente. ¿Cuál es la fascinación de una isla tan remota? Justamente su lejanía, que la ha preservado del paso del tiempo. Skye es salvaje, solitaria, silenciosa, brutal. Todo en ella es extremo, cambiante y bellísimo: sus cielos violáceos, sus arco iris, sus playas de arena oscura, sus cementerios con viejas lápidas derrumbadas por el viento, sus pastizales verdes veteados por la neblina, sus casitas salpicando las colinas, las olas gigantes batiendo acantilados, las mareas que dejan kilómetros de piedras negras al descubierto.
Una carretera angosta que cada tanto es devorada por las tormentas sale de la preciosa Poltree, la diminuta capital de Skye, y, bordeando el mar, conecta los caseríos. Un pequeño bus la recorre cada 3 ó 4 horas, y el trayecto es magnífico. Pero nada como echarte a andar. No lo hagas sin tomar precauciones: aunque Skye no tiene grandes desniveles, estás casi en el fin del mundo. Lleva abrigo, chubasquera, tu botella de Laken, algo de comida y un buen mapa. Hay infinitos recorridos, todos absolutamente fascinantes. Yo fui de Poltree a Kilmaluag (20 km de ida) bordeando el mar. Cuando regresé a la acogedora Tavern de Poltree, pensé que el retumbar de las olas jamás abandonaría mis oídos.
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