La Paz, un pozo en las alturas del mundo
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Una viajera avezada me había dicho sobre La Paz: imagínate la enrarecida energía que destila una ciudad que está metida en un profundo agujero a 3650 metros de altura. Desde El Alto, la gigantesca periferia de la ciudad, ves el cañón donde está emplazada La Paz y te quedas muda.
En esta gran olla de bordes ríspidos se cuece a presión la historia de casi 2 millones de bolivianos. Todo en La Paz sucede en las calles. Desde El Alto bajan en las madrugadas legiones de cholos y cholas con sus increíbles tejidos e infinitas mercancías, y se instalan en las esquinas. La ciudad, más allá de la calle Sagarna, es un enorme y caótico mercado dividido en minúsculos tenderetes. Dudo que los propietarios de estos cuchitriles tengan casa: la sensación es que se pasan la vida en estos cubículos, comiendo, haciendo sus necesidades, durmiendo, y hasta pariendo. Porque no hay chola que no tenga un bebé. Hay hijos por todas partes, siempre acostados en un rincón de las veredas, envueltos en mantas mirando al cielo.
La ciudad es un caos arquitectónico. Edificios coloniales que alguna vez fueron hermosos, hoy se caen a pedazos. A su lado brotan modernísimas torres. El cableado eléctrico forma gigantescas marañas en las esquinas. La plaza de Armas, donde Evo Morales tiene su casona presidencial, es de una sencillez provinciana. La ciudad no tiene trenes urbanos, sólo colectivos viejísimos pintados de celeste, y combis que van repletas hacia todos lados.
La Paz puede causar repulsión, claustrofobia, y al mismo tiempo una fascinación sin igual. No es una ciudad para turistas: es para trotamundos curiosos que aman las diferencias culturales y el colorido de otras tradiciones. La Paz es una foto difícil, ésa que sólo los auténticos viajeros logran tomar.






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