La Paz, un pozo en las alturas del mundoLa Paz, a hole in the heigths of the world

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María Varela, 22 September 2009

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Una viajera avezada me había dicho sobre La Paz: imagínate la enrarecida energía que destila una ciudad que está metida en un profundo agujero a 3650 metros de altura. Desde El Alto, la gigantesca periferia de la ciudad, ves el cañón donde está emplazada La Paz y te quedas muda.

En esta gran olla de bordes ríspidos se cuece a presión la historia de casi 2 millones de bolivianos. Todo en La Paz sucede en las calles. Desde El Alto bajan en las madrugadas legiones de cholos y cholas con sus increíbles tejidos e infinitas mercancías, y se instalan en las esquinas. La ciudad, más allá de la calle Sagarna, es un enorme y caótico mercado dividido en minúsculos tenderetes. Dudo que los propietarios de estos cuchitriles tengan casa: la sensación es que se pasan la vida en estos cubículos, comiendo, haciendo sus necesidades, durmiendo, y hasta pariendo. Porque no hay chola que no tenga un bebé. Hay hijos por todas partes, siempre acostados en un rincón de las veredas, envueltos en mantas mirando al cielo.

La ciudad es un caos arquitectónico. Edificios coloniales que alguna vez fueron hermosos, hoy se caen a pedazos. A su lado brotan modernísimas torres. El cableado eléctrico forma gigantescas marañas en las esquinas. La plaza de Armas, donde Evo Morales tiene su casona presidencial, es de una sencillez provinciana. La ciudad no tiene trenes urbanos, sólo colectivos viejísimos pintados de celeste, y combis que van repletas hacia todos lados.

La Paz puede causar repulsión, claustrofobia, y al mismo tiempo una fascinación sin igual. No es una ciudad para turistas: es para trotamundos curiosos que aman las diferencias culturales y el colorido de otras tradiciones. La Paz es una foto difícil, ésa que sólo los auténticos viajeros logran tomar.

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An experienced traveller had told me about La Paz: Imagine the rarefied energy that exudes a city built in a deep hole at 3650 metres of altitude. From El Alto, the vast periphery of the city, you see the deep canyon where La Paz is situated and you stay wordless.

In this big pot of rugged edges, the history of almost 2 million Bolivians is cooked under pressure. Everything in La Paz happens on the streets. At dawn, legions of cholos and cholas come down from El Alto with their incredible fabrics and infinite goods. The stalls of the markets open early in the morning: the entire city beyond Sagarna street is a huge and chaotic market. I doubt that the owners of these cubicles have homes: the feeling is that they spend their lives in these corners, eating, doing their needs, sleeping, and even giving birth. Because every chola has a baby. There are children everywhere, always lying in a corner of the sidewalk, wrapped in blankets, watching the sky.

The city is an architectural mess. Colonial buildings that were once beautiful, now are falling into pieces. Beside them, ultramodern towers sprout. The electric wiring forms gigantic tangles in the corners. The Plaza de Armas, where Evo Morales has his presidential mansion, has a provincial simplicity. The city has no urban trains, only very old buses painted blue, and packed combies going in all directions.

La Paz may cause repulsion, claustrophobia, and also a total fascination. It’s not a tourist town: it’s for globetrotters who love cultural differences, human behavior, the color of other traditions. La Paz is a difficult photograph, the one that only authentic travellers manage to take.

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